jueves, 23 de octubre de 2014

Renacimiento

Acababa de cumplir treinta y trabajaba en una oficina pública donde todo el mundo parecía haber sobrevivido a una catástrofe. Lo digo por las caras y por las actitudes que aquellos burócratas cargaban consigo. Caras horribles, siempre largas y tristes. Actitudes negativas, como de gente que ha cometido la peor cabronería del mundo y está esperando todo el tiempo el efecto boomerang.
Absorber cada día esas vibraciones me tenía abrumado. Intentaba ser amable, mejorar mi rendimiento, pero los burócratas me clavaban sus pupilas como dardos venenosos cada vez que intentaba hacer el trabajo mejor que ellos. Tardé en darme cuenta, pero en esa oficina sólo había dos posibilidades: hacer el tonto ocho horas seguidas para que todo se mantuviera igual; o hacerlo mejor/peor para salir huyendo cuanto antes de allí.
Durante un viaje que organizó nuestro jefe, como parte de una capacitación, yo miré todo el tiempo por la ventaba del autobús y pensé en eso. Si quedarme y hacerlo como todos, o bien superar las expectativas o cagarla sin remedio. Llegamos a un hotel barato, bajamos nuestras cosas y nos metimos cada quien en su habitación, con la promesa de vernos todos a las ocho para cenar. Yo no dejaba de pensar en la libertad relativa que daba el quedarse –mal que mal, podía dedicarme a escribir mis cosas mientras simulaba que llenaba tablas de Excel y arreglaba gráficas– y en la libertad relativa que daba el irse –podría tener esas ocho horas a mi plena disposición, pero a cambio no obtendría el cheque escaso, pero seguro, cada quincena–.
Sentí que necesitaba más tiempo para decidirme. Así que opté por ganar ese tiempo de una forma estúpida y brillante a la vez. Seguro de que ese viaje marcaría una frontera definitiva entre el antiguo y el nuevo Bob Naranjo, me metí a la regadera y me jaboné y me toqué mis partes con agua muy caliente. Al salir, todavía con la toalla envuelta en la cintura, abrí el minibar y me bebí de un envión dos botellitas de J&B. Envalentonado por el ardor del whisky en la garganta, vi que eran las ocho y decidí acudir a la cena tal como estaba.
En el comedor ya se encontraban mi jefe y varios de mis compañeros, que comenzaron a guardar silencio al verme allí sólo con una toalla y con el pelo escurriéndome. Dejé caer la toalla y mi pene erecto les dijo hola:
Antes de mandarlos a todos al carajo, quiero saber si alguien quiere coger y beber conmigo esta noche. Si es así, mi habitación es la 347.
Ese fue el día de mi renacimiento.
Cogí y bebí toda la noche con una colega de la oficina, de horrible rostro pero de extraordinario culo, pero ésa es otra historia.

Lo que sigue puede adivinarse. Me despidieron inmediatamente, pero me liquidaron bien, lo que me permitió estar tranquilo otros tres meses para pensar con calma qué quería hacer con mi vida.