Acababa de cumplir treinta y trabajaba en una oficina pública
donde todo el mundo parecía haber sobrevivido a una catástrofe. Lo digo por las
caras y por las actitudes que aquellos burócratas cargaban consigo. Caras
horribles, siempre largas y tristes. Actitudes negativas, como de gente que ha
cometido la peor cabronería del mundo y está esperando todo el tiempo el efecto boomerang.
Absorber cada día esas vibraciones me
tenía abrumado. Intentaba ser amable, mejorar mi rendimiento, pero los
burócratas me clavaban sus pupilas como dardos venenosos cada vez que intentaba
hacer el trabajo mejor que ellos. Tardé en darme cuenta, pero en esa oficina
sólo había dos posibilidades: hacer el tonto ocho horas seguidas para que todo
se mantuviera igual; o hacerlo mejor/peor para salir huyendo cuanto antes de
allí.
Durante un viaje que organizó nuestro
jefe, como parte de una capacitación, yo miré todo el tiempo por la ventaba del
autobús y pensé en eso. Si quedarme y hacerlo como todos, o bien superar las
expectativas o cagarla sin remedio. Llegamos a un hotel barato, bajamos
nuestras cosas y nos metimos cada quien en su habitación, con la promesa de
vernos todos a las ocho para cenar. Yo no dejaba de pensar en la libertad
relativa que daba el quedarse –mal que mal, podía dedicarme a escribir mis
cosas mientras simulaba que llenaba tablas de Excel y arreglaba gráficas– y en
la libertad relativa que daba el irse –podría tener esas ocho horas a mi plena
disposición, pero a cambio no obtendría el cheque escaso, pero seguro, cada
quincena–.
Sentí que necesitaba más tiempo para
decidirme. Así que opté por ganar ese tiempo de una forma estúpida y brillante
a la vez. Seguro de que ese viaje marcaría una frontera definitiva entre el
antiguo y el nuevo Bob Naranjo, me metí a la regadera y me jaboné y me toqué
mis partes con agua muy caliente. Al salir, todavía con la toalla envuelta en
la cintura, abrí el minibar y me bebí de un envión dos botellitas de J&B.
Envalentonado por el ardor del whisky en la garganta, vi que eran las ocho y
decidí acudir a la cena tal como estaba.
En el comedor ya se encontraban mi jefe
y varios de mis compañeros, que comenzaron a guardar silencio al verme allí
sólo con una toalla y con el pelo escurriéndome. Dejé caer la toalla y mi pene
erecto les dijo hola:
—Antes de mandarlos a
todos al carajo, quiero saber si alguien quiere coger y beber conmigo esta
noche. Si es así, mi habitación es la 347.
Ese fue el día de mi renacimiento.
Cogí y bebí toda la noche con una colega
de la oficina, de horrible rostro pero de extraordinario culo, pero ésa es otra
historia.
Lo que sigue puede adivinarse. Me
despidieron inmediatamente, pero me liquidaron bien, lo que me permitió estar
tranquilo otros tres meses para pensar con calma qué quería hacer con mi vida.
